Un par de botines. Por Elena Cardona

RELATO GANADOR DEL II CERTAMEN LITERARIO DE LIBRERÍA LIBU


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Quién me iba a decir a mí que acabaría aquí, sentada sobre unos cartones, protegiéndome del frío con varias capas de ropa ajada por el uso y la falta de cuidado… a mí, que no hace tanto tiempo presumía de trajes de diseño y algún que otro par de zapatos con suela roja. Cómo iba a imaginar yo, con mi sonrisa casi permanente, que un día la tristeza invadiría mi mirada y que mi rostro sería el fiel reflejo de un interior cansado y acabado, y que la única emoción que sentiría sería el estremecimiento al ver pasar a una joven con un par de botines, elegantes pero cómodos, como aquellos del escaparate que nunca llegué a comprarme porque todo ocurrió tan deprisa, tan súbitamente…

Nunca me había fijado en ella, a pesar de verla todos los días al volver del trabajo, allí sentada, junto a la puerta de la iglesia. Era una especie de ornamento del edificio, un apéndice, un añadido sin valor real, un objeto más de la calle, como un árbol, un banco, una papelera…

Una tarde, un inesperado chaparrón hizo que buscara refugio bajo un saliente en la entrada de la iglesia; y fue en ese mismo instante en el que me percaté de que la mujer que mendigaba todos los días sentada justo en el lugar en el que yo trataba de escapar de la lluvia no estaba allí.

No le di mayor importancia, simplemente me llamó la atención. Deformación profesional, pensé: cada cosa en su sitio y un sitio para cada cosa. Pero cuando tampoco la vi al día siguiente, ni al siguiente, ni durante varios días, algo en mi interior se desequilibró. Empezó a gestarse en mí una mezcla de sensaciones que me hizo reaccionar de un modo que no esperaba. Mi indiferencia inicial estaba dando paso a una preocupación auténtica: ¿le habrá pasado algo? Sentía inquietud por esa mujer desconocida y malestar por no haberme interesado antes por ella, y esas dos sensaciones hicieron mella en mi conciencia que, finalmente, me obligó a actuar.

Ya había pasado una semana desde que noté su ausencia cuando me decidí a entrar por primera vez en aquel edificio de piedra para preguntar por ella, por esa mujer cuyo aspecto apenas era capaz de recordar, cuyo nombre y edad ignoraba pero cuya desaparición había llegado a generar un sentimiento de añoranza que hasta entonces desconocía.

Y salí de allí sin respuestas satisfactorias: nadie sabía su paradero, ni siquiera su nombre ni otros datos personales. Era tan extraña para el párroco y los feligreses que frecuentaban el templo como para mí.

Entonces no lo sabía, pero en esos instantes estaba empezando una aventura que iba a cambiar mi vida, un reto que iba a tener que superar, un misterio por resolver, un rompecabezas que completar… justo lo que necesitaba para evadirme de mi anodina vida de funcionaria en la administración, de mi aburrida rutina de soltera sin compromiso, de mi existencia ausente de emociones.

Nunca antes me habría imaginado que una desconocida mujer sin hogar daría un giro de 180 grados en mi trayectoria vital.

No termino de encontrarme a gusto aquí, en la puerta de este supermercado que acaban de abrir. Tal vez no haya sido una decisión correcta. O sí. No sé…

Tenía que marcharme de allí, no podía seguir viendo todos los días a la chica de cara cansada que iba siempre caminando con prisa sobre sus botines, elegantes pero cómodos… me recordaba a esa que fui yo hace ya tanto tiempo, me hacía pensar en lo que había sido y en las circunstancias que me llevaron a donde ahora estoy. Era verla a ella y verme a mí misma cuando tenía un buen trabajo y un novio que me quería y…

Creía que lo había olvidado, que lo había borrado de mi mente, pero esa chica de cara cansada me lo ha devuelto, como un bumerán que vuelve a la mano de quien lo lanzó, pero con tanta fuerza que le hace daño, que le hace estremecerse de dolor y llorar de impotencia.

El pasado es demasiado cruel como para soportarlo, pero no lo puedo cambiar. El presente soy yo débil, frágil, gastada; una hoja caída en el otoño de mi vida. Ya solo me queda el invierno.

No sabía por dónde empezar la búsqueda y se me ocurrió ir a uno de esos albergues para personas sin techo… bueno, en realidad, sin hogar; porque techo tienen, ya sea en forma de cielo estrellado, de pórtico de piedra, de cajero automático o de húmedo túnel, pero ninguno de esos sitios puede llamarse hogar.

Ni en ese albergue, ni en ninguno de los otros que visité, encontré a la mujer que buscaba. Pero sí hallé personas muy parecidas a ella, gente que por muy diversas circunstancias se encontraban malviviendo en la calle. Gente necesitada de una comida caliente y una ducha templada, sí, pero también de una sonrisa y de una mirada clara.

Cada vez que salía de uno de esos lugares sentía mi conciencia gritar y mi mente intentar acallar ese grito. Era una lucha constante que me consumía, me agotaba hasta que llegaba a casa y encendía la televisión o me sentaba frente al ordenador para olvidarme de lo que había visto y oído, para decirme a mí misma que no era mi problema, que ellos se lo han buscado, que si están así es porque quieren…

Cada día seguía pasando junto a la iglesia donde ya nadie ocupaba aquel rincón y la imagen de aquella mujer se me aparecía como una visión fugaz y eterna al mismo tiempo.

La voz, cada vez más alta, de mi conciencia, acabó por ganar la batalla a la mente y el corazón se impuso a la razón y busqué un proyecto donde echar una mano. Encontré un centro no lejos de mi lugar de trabajo, lo que me resultaba cómodo, en el que podía colaborar simplemente acompañando, escuchando, compartiendo mi tiempo. Las reticencias de los primeros días no tardaron en convertirse en confianza y bienestar mutuos, en una simbiosis en las que ambas partes se enriquecen.

Es primavera, dicen, en el centro comercial que hay a dos manzanas de aquí. Pero no para mí. Las flores de mi belleza se marchitaron hace ya tanto tiempo que me parece que nunca existieron en realidad. Tal vez siempre fui la que soy ahora, tal vez he sido siempre una hoja otoñal, seca y sin vida. O tal vez mi primavera existió pero sucumbió ante una repentina tormenta y acabó naufragando en el desierto de la locura en el que me encuentro ahora.

Han pasado ya unas semanas desde que me instalé aquí y no me ha ido tan mal. Casi todos los días hay alguien que me regala las monedas que le acaba de devolver la cajera, o un panecillo, o uno de esos cafés que se calientan al agitarlos. Y he dejado de ver a la chica que era mi yo, he dejado de pensar en ella, he dejado de pensar en mí. O quizás sigo pensando…

Siento la cabeza como si fuera a estallarme en cualquier momento y estoy tiritando de frío, creo que tengo fiebre, debo de estar delirando… ya no sé quién fui y no estoy segura de saber quién soy…

Quiero que llegue el invierno.

Con el paso de los días me fui encontrando más y más cómoda en el centro y empecé a dedicarle más tiempo. Descubrí en mí aspectos en común con esas personas excluidas, que no encuentran su sitio en esta sociedad clasista en la que no es fácil encajar, una sociedad en la que tampoco es difícil, por desgracia, perder ese espacio que uno creía logrado para siempre. Porque el siempre, para mal o para bien, no existe. Ni el nunca, ni el jamás.

Y es que, en cierto modo, yo tampoco encajaba del todo en el lugar donde el destino me había colocado, en esa oficina de la administración en la que mi único cometido era revisar papeles, imprimir documentos, ordenar carpetas y clasificar expedientes… un lugar y un trabajo en los que mi condición de ser humano, creativa y emocional, se había adormecido por completo hasta el punto de considerar a una persona como un mero elemento del entorno o, peor aún, como un desecho, un trozo de basura… fue la búsqueda de aquella mujer el primer paso para que mi nuevo yo despertara y comenzara a dar pasos hacia adelante.

El supermercado cerrará unos días por Semana Santa; volveré a la puerta de la iglesia, seguro que la chica de cara cansada estará de vacaciones y no pasará por allí. Y con las procesiones habrá más gente, y estará más dispuesta a dar unas monedas a una sencilla mujer que duerme en la calle… ¡pero no me gustan los sonidos de las cornetas ni los tambores, no soporto las multitudes! Solo pensar en el ruido atronador me provoca mareos… no, no puedo ir allí, pero entonces, ¿a dónde?

Albergue. Asilo. Refugio. Calor. Comida. Las palabras se amontonan en mi cerebro y se confunden: alsilo, refulor, acamida… y pierden su sentido. Se mezclan con el olor a desinfectante y a puchero y provocan un vómito amarillo y hediento que me anega.

Veo a la gente con abrigos de paño pero yo tengo calor, estoy sudando… no sé si duermo y sueño, o velo y muero.

Ayer, por primera vez en mi vida, fui al hospital a hacer una visita. Nunca me gustaron las batas blancas ni los centros de salud, nunca he tenido que pasar por un quirófano y hasta ayer solo me acercaba a un hospital cuando iba en algún autobús que pasaba al lado. Pero recibí una llamada de esas que no se pueden rechazar: un sanitario había encontrado mi nombre y mi número anotado en un papel en el bolsillo de una mujer que había llegado a urgencias. Se trataba de una usuaria del centro de día, una chica extranjera con la que había entablado relación gracias a mis conocimientos de francés, uno de los idiomas que ella hablaba. Había sido víctima de una agresión por parte de un hombre que intentó abusar de ella. Por desgracia, las mujeres sin hogar son dianas fáciles para los dardos del machismo imperante en la sociedad… en muchas de sus vidas hay toda una historia de violencia y dominación.

La encontré llena de moratones, con algunas costillas rotas y varios órganos dañados; a duras penas me contaba cómo nuestras conversaciones la habían ayudado a valorarse y a mejorar su autoestima; cómo había luchado y se había defendido del agresor con todas sus fuerzas y cómo había decidido -a pesar de sus temores por carecer de documentos- poner la denuncia. Sus palabras me mostraban una mujer con el cuerpo destrozado pero con su dignidad íntegra. Se sabía víctima, no culpable.

Cuando salí de aquella habitación pensé en mi propia vida, en cómo había cambiado en las últimas semanas. Recordé aquella lluvia inoportuna y repentina…

Me he despertado en una cama de hospital; no sé cómo he llegado hasta aquí, ni cuándo, no recuerdo nada más que un agobiante calor y un olor nauseabundo. Tengo una aguja clavada en mi brazo y una sensación de aturdimiento que parece perseguirme desde hace tiempo. ¿Qué me pasa? ¿Es primavera? ¿Es invierno?

A mi lado hay una cama vacía; mejor así, no quiero compañía, no quiero ver visitas ajenas, no quiero tener que contestar a preguntas incómodas, no quiero…

Se abre la puerta y veo entrar a dos personas, ambas con bata blanca. Hablan entre ellas y se acercan a mí. Oigo sus voces, pero no entiendo sus palabras; creo que intentan que hable con ellas, que responda a una especie de interrogatorio, pero se dan por vencidas ante mi silencio y noto que una de ellas se aleja hacia la puerta y se marcha, mientras la otra escribe algo en lo que creo que es un informe.

¿Qué estoy haciendo aquí? ¿Por qué no me dan el alta y me dejan marcharme? ¿Dónde están mis pertenencias, mi bolsa del supermercado, mi cajita con mis secretos? Tengo que encontrarla, me la han robado, me han robado mi vida, mi yo, todo lo que soy… ¡tengo que salir de aquí para recuperarla!

Intento incorporarme pero las piernas me flaquean y caigo al suelo, vencida. Por primera vez en mucho tiempo, el llanto aparece en mis ojos e inunda mis mejillas, en una riada salada que llega hasta mis labios y me provoca una sensación conocida, pero casi olvidada, oculta entre las sombras del tiempo.

No siento dolor en el cuerpo, pero sí en mi alma, llena de heridas que nunca nadie ha limpiado y que siguen abiertas, provocando, en lo más profundo de mi ser, una infección generalizada para la que no hay antibióticos ni tratamientos que sirvan.

No hay remedio para un ser que hace tiempo que renunció a serlo.

Hoy, al salir del trabajo, he ido directamente al hospital; no he pasado por la iglesia ni he pensado en la mujer que ya no está junto a su puerta. Sé que no he alcanzado el reto, ni he resuelto el misterio, ni he completado el rompecabezas que me planteé aquella tarde, pero he logrado otras metas y objetivos que nunca me había propuesto. En realidad, la búsqueda de aquella mujer no fue sino la espita que abrió la válvula que puso en marcha el circuito de mi verdadero yo, aquel que estaba oculto tras una especie de coraza defensiva de la que nunca había querido desprenderme.

Dicen que el miedo es un mecanismo de defensa ante el peligro, pero a menudo no es más que un obstáculo que nos impide avanzar, nos atenaza y nos apresa dentro de un caparazón que no somos capaces de romper porque el propio miedo nos paraliza.

He visto miedo en los ojos de la gente que se acerca al centro de día, al comedor social, a los albergues. Y he visto mi miedo reflejado en el suyo, y solo entonces he podido asumirlo y dejar que mi condición de ser humano se impusiera sobre él. Y todo, porque un día me di cuenta de que una mujer no estaba en su sitio…

Miro a esta muchacha agredida, con el cuerpo destrozado pero con el alma intacta, y no veo miedo en sus ojos.

Una joven ha entrado en la habitación; es una trabajadora social, que se interesa por mi visita. Luego me cuenta que hay una mujer ingresada desde hace un par de días, una indigente a la que trajeron en ambulancia y que se niega a hablar con ella, ni con nadie del centro sanitario. Al parecer, sufre una severa depresión. No me lo pide directamente, pero sé que quiere que vaya a verla. Lo haré antes de irme del hospital.

Sigo en mi cama de hospital. Tal vez no sea tan mala idea acabar con mis días aquí, igual pueden hacer algo con mis ojos, porque dudo que mi corazón, mis riñones o cualquier otro de mis órganos, tan dañados, sirvan para un trasplante…

Esta mañana vino a verme una trabajadora social; tampoco logró que mis labios se despegaran.
Albergue, centro de día… palabras huecas y sin sentido, como mi vida misma.

Oigo el ruido de la puerta al abrirse; ¿quién será esta vez? No veo una bata blanca, ni un pijama de hospital… solo unos botines, elegantes pero cómodos, que me resultan extrañamente familiares…