Finalista del Certamen literario: “Sorpresa agresiva”, de Pepi Nieto

Este es uno de los textos finalistas del I Certamen literario de la Librería Libu.
Puedes leerlo en versión maquetada, en Isuu

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Corría el año 94 cuando esto se descubrió y salió a la luz. Fue bestial, un caso nunca visto. Sembró el pánico. Bilbao estaba sobresaltado, nadie hablaba de otra cosa, fue un bombazo, y más tratándose de los personajes que eran. Los periódicos volaban, los corrillos callejeros sólo tenían este tema. Qué barbaridad. Además, quien iba a pensar esto de esta persona, tan amable, educado y culto. Bueno, hoy en día nada nos puede extrañar, todos parecemos tan majos, buenos y formales pero, cuando menos lo esperas, salta la liebre.

Nadie puede salir, nadie puede moverse. Y ahora el buen Don Pedro no puede ni llevar ni traer libros. Pedro, es un cliente asiduo de la librería Libu y todas las semanas, cualquier día era bueno, sale a comprar libros, al mismo tiempo que lleva otros para dejar allí. Esta librería, famosa, entre otras cosas, por la gran variedad, calidad y cantidad de libros, además de ser una de las que más ventas tiene, agrupa a un selecto grupo de personas, enamorados del espíritu que se respira entre sus cuatro paredes. Entre esas estanterías repletas de libros, de sueños, de aventuras, de amores, Pedro,conoció a Fidel, otro gran amante de los libros.

Para estas personas la librería era un lugar de encuentro, de recreo, donde se forjaban grandes amistades. Fidel solía acudir con su esposa Noelia, una mujer muy culta, refinada y elegante. Pero quizá era Pedro el personaje más oscuro de todo aquel grupo. A él le gustaba mandar. Dirigía con entusiasmo los debates que surgían sobre algún determinado tema, siempre obsesionado porque se hiciera su voluntad. Al contrario que Pedro, Evaristo era un hombre todo corazón, amigo de gastar bromas, de poner la nota atrevida, picante o irónica a cualquiera, pero siempre con cariño y respeto. Evaristo solía entablar grandes conversaciones con Virginia, la mujer de Pedro. Él creía que ella era muy desdichada e infeliz, y sentía la necesidad de hacer que ella se creyera la mujer más maravillosa del mundo.

El creador de este maravilloso mundo es un hombre llamado Ernesto. Es un hombre muy recto, que lleva su negocio con mano de hierro, controla todo lo relacionado con editoriales, presentaciones, antigüedades, novedades, no se le escapa nada, conoce a la perfección su trabajo. Un hombre duro, casi tirano, pero nunca se le ha oído una mala palabra con sus empleados ni con las personas que acuden a su tienda. Todo esto es un disfraz, él es un hombre sensible, cariñoso, humilde, humano y se le gana con una simple sonrisa.

* * *

Llegados a este punto, nadie podía salir de la tienda, ni a fumar un pitillo. No sé cuantas semanas duró aquello. Todo eran rumores, comentarios llevados y traídos de unos a otros. Se hablaba de infidelidades, de crímenes, pero nadie sabía a ciencia cierta lo que pasó entre aquellas cuatro paredes. A la puerta del negocio hacían guardia las cámaras de televisión, los micrófonos de las radios locales y los periodistas.

Poco antes del día que acontencen los hechos que vamos a relatar, este grupo variopinto realizó una excursión al campo, como todos los viernes. Ese día solo faltó Ernesto, que dijo encontrarse mal. Prepararon sus viandas para compartir sol, aire libre, conversación y sus vidas. Ese malogrado día amaneció triste, pero aún así ellos continuaron con sus planes. En un determinado momento, alguien echa de menos a dos de las personas de este grupo, Evaristo y Virginia, comienza la búsqueda, tampoco demasiado preocupados, porque el terreno no es peligroso. Entre bromas y risas deciden que ya aparecerán y comienzan a comer. Al cabo de una hora, más o menos, aparecen Evaristo y Virginia, muy contentos y entusiasmados con el paisaje y la fauna del lugar. Salvo Pedro, todo el mundo encuentra divertido lo sucedido y hacen preguntas y comentan los relatos de la pareja. Después de la comida, recogen sus enseres y, como todos los viernes, bajan hasta la librería para comentar una nueva adquisición del bueno de Ernesto.

Cargados de buenas vibraciones y sol y aire fresco, nuestros amigos llegan a la librería. Ponen al día de todas las novedades a Ernesto, que para entonces ya estaba preparando café. Dejan sus mochilas y con el dulce aroma de sus tazas comienzan a hablar del nuevo libro.
En un determinado momento Noelia deja la conversación para ir al baño. Desde allí se oye un grito desgarrador. Todos los presentes se asustan por lo que haya podido pasar y sueltan sus tazas, libros, folios y lo que tenían entre manos, para salir corriendo en ayuda de Noelia. Cuando llegan, lo que descubren les deja a todos hundidos. La primera imagen es horrorosa: todo lleno de sangre, las paredes, el suelo, incluso parte del pasillo. Detrás del inodoro ven lo que parece un bate de béisbol. Cuando llevan su vista hacia la puerta descubren unos pies. Nadie se atreve a mirar, no quieren descubrir quién es el dueño de esos zapatos.

Las caras de todos los presentes es indescriptible, sus ojos y bocas completamente desencajados, blancos como un folio de papel. No eran capaces de moverse, alguna fuerza externa les mantenía paralizados. Fue Pedro el primero en reaccionar y decidirse a mirar detrás de la puerta. Sus ojos se abrieron aún más cuando vio quien era el cadáver, pese a que le costó adivinarlo por la cantidad de sangre que lo cubría. Dio unos pasos hacia atrás y llevándose las manos a la cara les dijo:

-Dios mío, es Evaristo.

La sorpresa fue mayúscula. Una pena infinita se apoderó de los presentes, que no daban crédito a lo sucedido. Ernesto quiso sacar el cuerpo de detrás de la puerta pero Pedro no le dejó, era mejor dejar todo como estaba para cuando llegase la policía.

¿Quien iba a ser capaz de hacer aquello? ¿A quién le había hecho daño Evaristo? Nadie podía creerlo. Evaristo, un hombre generoso, bromista, amigo de sus amigos y siempre dispuesto a ayudar a todos. No sé el tiempo que estuvieron mirando el cadáver, no salían de su asombro. No podían moverse.

Pedro empezó a poner un poco de orden y fue enviándolos a todos a la sala de la librería donde estaban reunidos. Después habló con Ernesto y le dijo que, como dueño, él tendría que ser el que llamase a la policía. A Noelia eran incapazaces de hacerla reaccionar, tenía la mirada perdida y no respondía a nada de lo que le decían sus compañeros. La llevaron a la sala como si de un mueble se tratase. Al menos pasaron otros diez minutos hasta que Ernesto logró marcar el número de la policía. También pidió una ambulancia viendo el estado en el que se encontraba Noelia.

Hasta el momento en el que llegó la policía, ninguno pudo articular palabra, estaban inmersos en sus propios pensamientos. Más parecía un museo de figuras de cera. Cuando el detective Román entró en la librería pensó que se había equivocado de dirección. Tuvo que repetir varias veces quien era para que alguien le hiciese caso. Antes de comenzar con las preguntas, pidió que se atendiera debidamente a la señora, para poder interrogarla.

Preguntó por el dueño y le pidió que le acompañara al lugar donde estaba el cuerpo. Examinó el lugar y dejó paso a la policía científica para que hicieran su trabajo.
En la calle ya empezaban a acumularse los primeros curiosos. Las apuestas habían comenzado. Se escuchaban todo tipo de rumores. Igual aquel barrio tan tranquilo se hacía famoso, aunque todavía no sabían el motivo.

Mientras la científica hacía su trabajo, recogiendo muestras, haciendo fotografías y tomando las posibles huellas que pudiese haber, en la sala el detective Román comenzaba el interrogatorio. La primera en responder a sus preguntas fue Noelia, que parecía despertar de una pesadilla horrorosa. Ella le contó todos y cada uno de los pasos que había dado ese día. De lo único que no estaba segura era de lo que había visto en el cuarto de baño. El detective continuó con Fidel, su marido. Él también le relató paso a paso todo lo que hizo. Pedro y su mujer, Virginia, relataron como los demás, todos sus movimientos. El último en declarar fue Ernesto, el dueño de la librería, quien, al igual que sus compañeros, contó al detective lo que había hecho ese día.

Después de releer todas las declaraciones el detective Román tiene muchas dudas con respecto al asesinato. ¿Cómo era posible que siendo un hombre tan querido hubiese tenido una muerte tan horrorosa?

En la calle ya había oscurecido, los curiosos empezaban a irse a sus casas, pero todavía quedaba gente en la calle mirando a través de los cristales del escaparate.
Para el detective aquel caso tenía toda la pinta de un crimen pasional. Lo que le hacía suponer que se iba a alargar demasiado. El tenía ganas de llegar a su casa para la cena, pero parte de las declaraciones de los implicados no le cuadraban. Debido a la hora, se decidió pedir algo para cenar. Nadie aceptó su oferta.

* * *

Después de unos bocados rápidos y un par de tragos de agua, vuelve a preguntar a Ernesto por qué él no fue con sus compañeros aquella mañana a la excusión. El dueño de la librería Libu repite lo mismo que dijo al principio pero algo en la actitud del dueño mantiene a Román en alerta. No le gusta la actitud de este hombre, es todo un poco estudiado, está siempre en tensión, quiere tener la situación completamente controlada. No hay ni el más mínimo atisbo de tristeza en su voz, más bien es soberbia.

Deja descansar a Ernesto un momento para centrarse de nuevo en Pedro, que considera tiene que estar muy afectado, ya que su mujer mantenía con el muerto una relación muy estrecha. Pedro se cansa de decirle que confía plenamente en su mujer y que Evaristo sería incapaz de hacerle algo así. Esta charla no termina demasiado bien para ninguno de los dos, ya que tienen que acabar separándolos.

Se hace muy tarde. Ya es cerca de la media noche, pero Román decide que de la librería no sale nadie. Quiere acabar cuanto antes con el caso y consiente en que los presentes y él mismo tengan un pequeño descanso.

Cerca de las cuatro de la madrugada comienza con sus preguntas. Espera pillarlos desprevenidos. No entiende cómo nadie echó de menos a Evaristo durante su charla y sí se dieron cuenta de que Noelia iba al baño. Las mismas preguntas, las mismas respuestas. Empiece por donde empiece, llega al mismo sitio, a ningún lado.

En esta situación estuvieron casi tres semanas. Todo parecía conducir al mismo sitio. El detective esperaba que, en algún momento, el culpable se viniese abajo y confesase su crimen.

La última mañana de nuevo comenzó su interrogatorio con Pedro. Lo llevó al extremo, a confesar que sí, que efectivamente su esposa igual no era muy feliz a su lado. Que él lo sabía, quizá por la falta de hijos, pero que estaba seguro de que ni su esposa ni Evaristo le habían traicionado. Continúa con Ernesto y, de nuevo, lo lleva al límite. Algo en su actitud hace que fuerce la situación. Y bingo, la bomba estalla. Ernesto se derrumba y entre lágrimas confiesa su crimen. Para él Virginia era su esposa y no soportaba que nadie, ni siquiera su marido, al que consideraba un pelagatos, estuviese con ella. En un arrebato de locura le destrozó la cabeza a Evaristo porque vio la manera en la que llegaron a la librería. No pudo soportar ver la relación de amistad tan íntima que mantenían ellos dos. Dijo que le había llevado hasta el cuarto de baño para comentarle algo y que allí cogió el bate y lo mató.

Triste final para una de las mejores librerías.

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