Finalista del Certamen literario: “Por un puñado de croquetas”, de Antonio Herrero

Este es uno de los textos finalistas del I Certamen literario de la Librería Libu.
Puedes leerlo en versión maquetada, en Isuu

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Pedro entregó a la dependienta los libros que había traído y se dispuso a rebuscar entre los anaqueles algo que llevarse a casa. Le apetecía leer algo contundente, quizá una novela negra, pero tampoco le haría ascos a un buen western. Necesitaba evadirse y buscaba una lectura amena, con ritmo y una buena trama, algo con lo que poder desconectar durante unas horas de su gris y anodina vida.
—¿Algo nuevo?—preguntó a la dependienta.

—Ayer entró un Chandler que creo te gustará. Pero poco más, ya sabes como anda la cosa—respondió ella—. La gente trae pocos libros. Les da pereza venir hasta aquí y prefieren echarlos al contenedor. Eso sí, al de reciclaje, que la gente, aunque inculta, es muy respetuosa con el medio ambiente.
—Y que lo digas… Voy a ver si encuentro algo interesante.

—Tú mismo. Si te llevas tres te puedo hacer un arreglo.
—¡Oído cocina!—dijo socarrón mientras echaba un ojo a las estanterías. Tampoco podía Pedro acarrear muchos libros a casa. Tras el divorcio con María ésta se había quedado la casa. El piso que él tenía alquilado era minúsculo, ridículo incluso, pero apto para sus necesidades y, lo que era más importante, ajustado a su paupérrima economía. Apenas disponía de un par de estanterías en el comedor y la rotación de los ejemplares en ellas era máxima: cuando uno salía otro entraba. Para eso estaban sus visitas a Libu, para regenerar el stock a un precio asequible y con una buena causa de fondo. En esas estaba Pedro, enfrascado mirando los libros, con la cabeza ligeramente inclinada hacia un lado y el índice de una mano resiguiendo sus lomos, mientras con la otra, la izquierda, sujetaba con firmeza un billete ajado de cinco euros que tenía en el bolsillo de su pantalón. Con él esperaba encontrar un libro, dos si tenía suerte, con los que poder pasar la semana. En ese momento era su bien más preciado, un pasaporte a nuevos mundos, la única ilusión a las puertas de otro fin de semana encerrado en casa cenando sopas de sobre y croquetas congeladas. Aunque había tenido suerte. Durante esta quincena en el súper estaban de oferta y hacían un dos por uno, momento idóneo para abandonar por unos días el sucedáneo de bacalao, y cambiarlo por otro de jamón que, aunque más caro, al menos olía a serrano del bueno y dejaba a uno con el estómago satisfecho. Y es que para Pedro había un orden claro de prioridades: llenar la panza era necesario para vivir, pero enriquecer la mente era necesario para ser feliz. Y a ello se dedicaba con fruición, a buscar combustible —a poder ser pulp del bueno— para su karma.

Los viernes por la tarde no eran muy ajetreados en la librería. Por lo menos justo después de abrir, cuando la gente aún estaba trabajando, o se tiraban como locos a los bares a tomar unos pinchos y unos vinos con los amigotes, antes de encerrarse durante dos días en casa con sus respectivas familias. Esa tarde no era diferente. Sin contar a Pedro y a la dependienta, sólo había otra chica joven que rebuscaba en la sección de novela negra. Apenas rondaba la treintena, bonita de rostro y de cuerpo agraciado. De vez en cuando echaba miradas fugaces hacia la entrada a la par que consultaba su reloj. Daba la sensación de que esperaba a alguien. Pedro le había echado un ojo nada más entrar, por aquello de analizar al personal y/o posible competencia, pero enseguida había calado que la chica no venía a por libros. No suponía una amenaza para sus posibles hallazgos. Sobre lo otro, lo que qualquier hombre sano y soltero habría barruntado sin pensarlo nada más verla, había desestimado por completo cualquier posibilidad. Si estaba soltera, pues no lucía anillo alguno, dudaba mucho que le interesara un tipo como él y, en el peor de los casos, la llevaría al antro que era su piso y tendría que compartir las croquetas. No le apetecía mucho, la verdad.

Parecía que la suerte iba a sonreír a Pedro ese día en concreto. En el segundo estante su índice se dio de bruces con un libro de Barthelme. Lo cogió con cuidado y lo ojeó. Estaba en un estado sorprendentemente bueno. Leyó la contraportada y para su sorpresa le gustó lo que ponía. Un ligero pesar le asaltó cuando se dio cuenta que era de Frederick, pero enseguida superó el disgusto convencido que era una señal del destino; supuso Pedro que la genética tendría que ver con las aptitudes literarias y que algo se le habría pegado a este de su hermano mayor. Lo atesoró pues en su mano izquierda, aunque para ello debiera soltar el billete.

—¿Tienes algo más de Barthelme? De Donald me refiero. El rey o algo por el estilo…
—¡Qué más quisiera majo!—le respondió la mujer desde detrás del mostrador.
—Pues nada, con este me quedo—susurró para sí mismo.

Pedro prosiguió con su ritual de arqueología literaria y se acercó a la sección de noir en busca de la C de Chandler. En estas que trastabilló con lamentable afán patoso por querer coger un libro y su mano fue a dar al hombro de la chica. Por fortuna solo fue eso, un ligero y torpe roce, pues Pedro consiguió repeler la inercia y evitó caer de bruces sobre su menudo cuerpo. Tampoco le hubiese desagradado esa perspectiva en otras circunstancias. La joven miró algo alarmada a Pedro por la intrusión de su espacio vital pero ante su rostro bobalicón decidió que el hombre no encerraba peligro alguno, tan solo algún que otro defecto o tara mental, así que se alejó algo contrariada hacia el fondo de la librería, casi en la zona infantil. Allí se recompuso con cierta dignidad mientras hacía ver que miraba un libro sin dejar de vigilar los movimientos de Pedro y, ya de paso, de controlar de nuevo la puerta.

—Pe-perdón—tartamudeó Pedro.

Si existía alguna remota opción de ligar con ella —pensó—acababa de saltar por los aires gracias a su torpeza. Pedro le quitó hierro al asunto y siguió a lo suyo. Localizó el libro que había generado tamaña mala fortuna y lo agarró. Justo en ese momento escuchó la puerta abrirse. Por el rabillo del ojo observó Pedro al individuo: era un hombre corpulento, un ejemplar hercúleo, digno estibador del puerto y acaso apacible lector. Se centró de nuevo en el librito. La dependienta tenía razón: era realmente maravilloso, casi un milagro. Estaba enfrascado en el análisis del volumen cuando sintió un fuerte apretón en su hombro izquierdo. Notó como si una tenaza de hierro le pinzase los huesos y los tendones hasta el punto de resquebrajarlos. No pudo más que doblar las rodillas y ceder a la presión, mientras veía las estrellas y se escurría poco a poco hacia el suelo. Palabras de auxilio luchaban por salir de su boca pero se perdían en un triste bisbiseo.

—Parece que usted no ha venido por los libros…

—¿Qué has dicho membrillo?—el vozarrón iba acorde con el físico de su interlocutor.
—Disculpe, ¿pero qué está haciendo? —preguntó alterada la librera.

—Pero Manolo, ¡deja a ese hombre! Por el amor de Dios—suplicó la joven acercándose.
—Ay Dios que este tío me mata—lloriqueó Pedro hecho un amasijo de huesos y ropa en el suelo.
—Menudo nenaza está hecho este. ¿En serio me la has pegado con un pusilánime de tres al cuarto?
—Yo no te la he pegado con nadie—se defendió la chica.

—¡No me mientas! A pesar de tu actuación acabo de ver como este tío te hacía carantoñas. Y luego están los mensajes de whatsapp—en este punto el maromo puso vocecita de niña tonta—. A las cinco en la librería. Te espero, amorcito.
—¡Pero cómo te atreves a revisarme el móvil!

—Veo que se trata de un tema personal—terció la librera con aire conciliador—. Les ruego discutan este tema fuera de la librería y dejen al margen a este pobre hombre.
—Eso, eso—logró balbucir Pedro.

—¡Ni de coña! Este entuerto lo resolveremos nosotros tres.

—Si insiste me veré obligada a llamar a la policía. Se lo advierto—sentenció la mujer dejando sus quehaceres de forma definitiva.
Pedro se había reincorporado y se apoyaba contra las estanterías. Aún le temblaban las piernas y jadeaba ligeramente presa del pánico, incapaz de decidir qué hacer. Eso sí, los dos libros no los había soltado: los tenía aferrados contra su pecho con ambas manos como si fueran parte de un botín. Observó como la dependienta blandía amenazante el auricular dispuesta a marcar el 091. En ese preciso momento el tío mazas sacó un arma del bolsillo de la chaqueta.
—¡Todo el mundo quieto, joder!—bramó.

A Pedro el alma se le cayó a los pies. Ahora sí que se iba a liar gorda. Nada bueno presagiaba un arma, lo sabía de sobra gracias a las novelas. Los grititos histéricos de la joven se mezclaban con los sollozos de la librera, que había soltado el teléfono y se había parapetado tras el tablero.

—A ver, Casanova. ¿Admites que te estás viendo con mi mujer?

—¿Su mujer? ¿Yo?… Ni por asomo. ¡Si tan siquiera la conozco!

—Él dice la verdad—dijo la joven con voz trémula.

—No le creo. Necesito que cante de una vez o se va a enterar.

—Vale, vale. Reconozco que le he dado un repaso nada más entrar, pero de
ahí a…

—¡Yo lo mato!—gritó mientras se abalanzaba hacia Pedro.

La joven se interpuso y logró frenar la acometida del gigante. Parecía mentira que ella, menuda como era, lograse apaciguar a un hombretón como ese.

—Tranquilo Manolo. Te juro por mi madre que este payaso no tiene nada conmigo.
—No es necesario faltar al respeto, oiga—farfulló Pedro.

—¡O cierras la boca o te meto un tiro!—amenazó el otro.

Pedró hizo mutis por su propio bien. Estaba claro que el tipo no atendía a razones cuando se trataba de su mujer y más valía no enojarlo mientras sostenía un arma en las manos. Asintió cabizbajo y se apartó ligeramente de ambos. El hombre y la joven seguían discutiendo mientras la dependienta echaba miraditas de soslayo por encima del mostrador. No se atrevía a descolgar de nuevo el teléfono, convencida de que, si lo hacía, la escena acabaría como el rosario de la aurora.

Visto desde fuera, a través de los cristales y de las letras doradas que anunciaban la librería, la escena desvelaba más bien poco. Cualquier transeúnte que pasease por la Carnicería Vieja en ese momento sería incapaz de imaginar que lo que allí dentro se cocía podía acabar haciendo honor al nombre de la vía. Manolo, el hombretón celoso que había entrado en la tienda como un elefante en una cacharrería, estaba de espaldas a la calle y sus fornidos hombros tapaban la visión del arma y también, aunque solo en parte, de la joven que estaba frente a él. La cara de ella denotaba cierto pánico no exento de un enojo del tipo—¡siempre lo mismo, hay que ver cómo te gusta montar escenitas!—. Y el pobre Pedro pues estaba más allá que acá, algo ido, en su mundo de fantasía, pretendiendo ser Sam Spade o Philip Marlowe, sin pasar de emular tristemente a Rompetechos. Pero estaba quieto como un lirón y no hacía atisbo ninguno de moverse, como si la situación no fuese tan peliaguda. Lo cierto era que a aquellas horas las calles estaban tranquilas y apenas había una alma, motivo por el que nadie notó nada extraño ni alertó a la policía. Y tras este inciso, que quede claro que tan solo se trata de eso, de un simple movimiento de cámara hacia el exterior para tomar un plano más abierto de la escena sin que ninguno de los actores del drama se haya movido ni un milímetro de su sitio, volvemos a la librería y a la trama, que ya se acerca al final y por tanto al clímax.

El brinco que dio Pedro tras escuchar el móvil hubiese servido para ganar una medalla olímpica en salto de altura. Menudo susto. Resonó el tono desagradable que tenía por defecto el móvil, ese silbido entre desvergonzado y cantarín que, ejecutado a todo volumen (la joven no había silenciado el teléfono al entrar en la librería), sonaba a flirteo descarado. El hombre fue rápido. Tras sacar la chica el móvil del bolso él se lo arrebató con la mano libre sin soltar el arma. Su mirada se tornó furia ante un segundo pitido y su consiguiente mensaje.

—Tu tortolito va a llegar tarde, está en un atasco. ¡Menudo impresentable!— le espetó.
—¡Dame el móvil!—chilló ella.

—Ni lo sueñes—le respondió mientras frenaba con su cuerpo el embate de la joven y de paso aprovechaba para responder con otro mensaje—. Ya está. Le he dicho que te ibas, que era un pelmazo y un impuntual.
—¿Pero qué?

—Pues eso. Y ahora aparta, desvergonzada.

—¡Menudo bruto eres!

Pedro asistía alucinado a la lucha de titanes, una batalla entre la rudeza más visceral fruto de los cuernos y la voluntad inquebrantable por poseer un smartphone carísimo y, ya de paso, por recuperar una cierta dignidad. Cruzó la mirada con la dependienta quien asomaba su cabellera por encima del mostrador y ambos hicieron un gesto de asentimiento, cómplices como eran en la afrenta de presenciar un acto tan sumamente privado pero, a la vez, tan devastador como un terremoto o un huracán. ¡Ay, los celos! Manolo y la joven bailaban una macabra danza con bella coreografía de insultos, arañazos, patadas y coscorrones que se sucedían sin descanso, tratando en vano de recuperar un montón de sentimientos y falsas ilusiones encorsetados en un pedazo de aleación metálica rellena de nanoprocesadores, con una pantalla de 5,5 pulgadas y una cámara de última generación.

Y en esas que la pistola cayó al suelo. Enfrascados como estaban en su lucha por el móvil, los que una vez se amaron y se dieron el sí quiero soltaron el objeto de frío metal, ese cayado en el que se sustentan el poder y el miedo. Y también la muerte. Porque al rebotar en el suelo el arma se disparó y fue a dar entre ceja y ceja al pobre Pedro. Sin comerlo no beberlo, sus sesos acabaron esparcidos por la pared y su sangre se dispersó en negras manchas sobre los libros, las estanterías y la pared pintada de un verde que recordaba a las batas de hospital. De lejos las salpicaduras parecían oscuras sombras de Rorschach que seguían un patrón, una cierta lógica, pues en el fondo contaban la vida de un hombre llamado Pedro. Quizá fuera un don nadie y un timorato, un mindundi como se suele decir, pero Pedro Pérez Ruipérez no era culpable de nada, ni tan siquiera de tener una existencia impostada donde los libros eran la realidad, y la realidad una patraña. Si de algo pecaba este santo varón era de ser un adicto a las historias ajenas, esas que se escriben en negro sobre blanco, y de querer atesorar una primera edición de El sueño eterno (¡qué ironía!) de un tal Raymond Chandler. Y es que ese libro, a pesar de valer un dineral y de poder haber sido su salvoconducto más allá de una dieta a base de chóped y un puñado de croquetas, era para Pedro el santasanctórum de todos los textos, algo que habría guardado con reverencia y orgullo el resto de sus días, aunque en este caso fueron apenas unos segundos.

Y si os gustan las leyendas debéis viajar sin duda hasta Bilbao y visitar Libu. Se dice que allí sigue encerrado el espíritu de un tal P.P.R., un miserable que instantes después de morir de un certero balazo, cuando su esencia incorpórea ascendía al reino de las almas, decidió quedarse en tierra para evitar que le quitasen un libro (aunque hay quien asegura que fue para ganar una apuesta o un relato o qué sé yo en el que no se podía salir del local). Pero tonterías a parte lo cierto es que la primera edición de El sueño eterno sigue en los estantes, pulcramente situado en la C de Chandler y allí restará por mucho tiempo, pues nadie osa tocarlo. Muchos conocen la historia de esta especie de Necronomicón y lo evitan, pero aquellos incautos que viven en la inopia reciben nada más acariciarlo un aliento gélido y mortal en la nuca, que les invita de forma ineludible a dejarlo de nuevo en su sitio.

El libro de Barthelme sí que se vendió. Relata la dependienta que un alocado buscador de tesoros que vino exprofeso desde Barcelona se lo llevó por error, pensando también que era de Donald, si bien días más tardes le escribió un mail para decirle que en realidad el libro le había gustado y que el escalofrío que sintió al cogerlo no era un indicio de mal agüero sino todo lo contrario, un afortunado accidente y el punto de inicio para una gran historia.