Finalista del Certamen literario: “Lepisma”, de Pedro Martínez

Este es uno de los textos finalistas del I Certamen literario de la Librería Libu.
Puedes leerlo en versión maquetada, en Isuu

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Me llamo Pedro y como libros. No en sentido figurado, no. Los desgarro a dentelladas, me los como a mordiscos, con hambre, con necesidad, a veces con gula. Siempre en la intimidad de mi cuarto, nunca en público, nadie me ha visto masticando portadas con deleite, deglutiendo prólogos, salivando capítulos, llorando cuando termino con la boca llena de letras.

No es una afición, es una enfermedad de esas raras, una tendencia Lepisma, la del pez de plata, que, creo, adquirí en mi época de bibliotecario. Mi dieta es de un libro al día. Si tiene muchas páginas solo como medio, tampoco hay que pasarse. Hasta ahora me salía carísimo, las últimas novedades tienen un buen precio. Por eso cuando descubrí Libu me sentí afortunado, un espacio donde saciarme. Soy tímido, me cuesta hablar con los clientes con los que coincido, me azoro cuando preguntan algo, balbuceo cuando voy a pagar pero estoy contento por haber encontrado una librería tan especial.

Vengo aquí cada día. Selecciono los libros de forma meticulosa, los ojeo, paso el dedo índice por sus lomos, uno a uno los reviso en cada estantería, canturreo. Observo que hay autores y títulos que se repiten, que terminan arrinconados, un destierro. Hay obras difíciles de leer, tediosas, relamidas, desmedidas, no merecen ni siquiera tres euros, posiblemente por eso sigan ahí. No me sorprendo de los muchos Moix, Echevarría, Cela y tanto Clan del Oso Cavernario. A veces recurro al móvil, a internet para consultar tal título, tal escritor que no me suena. Los premio Planeta están descartados. Eso sí, de mi biblioteca traigo los libros que no volveré a leer, los de letra demasiado pequeña para mi vista cansada, los mastico mal, se me quedan entre los dientes.
Libu, qué bien.

* * *

Josune recibe una enciclopedia de cuatro tomos que ha traído una señora con un abrigo gris perla. Examina cada uno de ellos, los clasifica, recuerda que alguien pidió algo así, no sabe su nombre, dejó un papel amarillo en la pared. No puede dejar de pensar en su hija, tan pequeña, en la guardería. Espera el momento de volver a casa al mediodía para encontrarse con el chico del jersey de rayas. Agita la cabeza y sigue con su actividad, atiende a Pedro, que viene todos los días, que apenas habla con ella, pero que siempre se va al menos con un libro, un buen comprador.

Entra un anciano con gabardina y boina, camina despacio, deja un libro sobre el mostrador. Con Dios- dice- y se va. Es un ejemplar de tapas rojas, viejo, de los que no se vende. Pedro, el asiduo visitante, lo ve. Rápido, con violencia, lo coge, lo aprieta junto al pecho, se sienta junto el escaparate, donde hay más luz, lee sin apartar la vista ni un momento, su cara ha cambiado, brilla, habla solo con frases ininteligibles, se levanta, da una vuelta, blasfema, se sienta, lee, babea, se quita las gafas, silba, lee, extiende las piernas, canturrea, es un extraño comportamiento para alguien que parecía tan tímido, se levanta de golpe, deja cinco euros sobre la silla, se va con el libro viejo.

* * *

Libu, Libu, aquí estoy otra vez. Comerme aquel libro de tapas rojas me ha sentado mal, me miro al espejo, tengo la cara color Pagasarri. Quiero hablar, contar, explicar, narrar, sacar de dentro tantas ideas ajenas, argumentos, mentiras de otros, las mías, todo lo que he sentido, aliviar mi digestión, hacer hueco para más lecturas, tragarme la Enciclopedia Británica de una sentada y de postre Rayuela, tengo hambre de Cortázar, de Borges, de Gamoneda, de una colección completa de novela negra. Voy a buscarlos por aquí.

* * *

Egun on, Josune– saluda Pedro.

Egun on– responde una Josune sorprendida por esa familiaridad repentina.

-¿Me permites?– pregunta.

Sin esperar respuesta cierra la puerta, muy serio se dirige al centro de la tienda y cuenta en voz alta.
No debes beber, le dicen, y él apenas puede ver la silueta del ánfora, la túrgida frente sobre la boca que se abre y cierra, aguardiente, antes fue orujo, escribir con los dedos mojados en vino las paredes de los días, largos como funerales de desconocidos, breves como céfiros, azacanear por las horas para conseguir nada y comida fría sobre la mesa, la cama desierta. Desconfiar de los buenos, de los piadosos, de los trascendentes, esa pregunta y los espejos, conocer, mirar el interrogante, extático, concentrado en no enturbiar la mirada como un hilo a lo infinito, un puente transparente, un desafío a saberse, a conocer el final, se acabó el juego y perdimos, desgracia de la derrota no compartida, soledad de volver en autobuses sucios, rompiendo la noche, concitar el sacrificio de no verla, por cierto ¿volverá el martes o el miércoles?

Al terminar Pedro agita los hombros, parece que despierta de un trance, con las mejillas enrojecidas se dirige a la estantería del fondo, busca entre los muchos ejemplares alineados. Parece que ha encontrado algo que le gusta, lo paga y se va.

* * *

Es mi rutina, cada mañana traigo un libro de esos con letra pequeña, espero que entren visitantes, posibles compradores y a veces sentado, a veces de pie, cuento una historia, siento una voz interior que me obliga.

Con los ojos cerrados les informo que en la Plaza Vieja, aquí cerca, a solo unos pasos, estaba el centro de la Villa, donde ahora está el Mercado de la Ribera. Era agosto, hacía mucho calor, los sublevados se juntaron allí, entre ellos estaban muchos clérigos. Se dirigieron hacia las casas de los afrancesados bilbaínos, los tenían señalados. Sin mediar palabra ni advertencia entraron en sus casas a golpes, destrozando lo que encontraban a su paso, vejando, insultando, llamándoles antipatriotas. Las autoridades nada pudieron hacer para detener a la masa airada, violenta.

Lo cuento moviendo los brazos para abarcar más espacio, más tiempo, más historia.
Se formó una Junta que alistó a varones solteros, de edades concretas e incluso a clérigos y novicios. Todos ellos formaron el llamado Ejército de Vizcaya.

Una vecina ha entrado a la tienda y escucha con atención, viene a menudo, nunca compra.

Los ejércitos de Napoleón al mando del General Merlín estaban cerca, el 16 de agosto después de una lucha sangrienta rompieron las defensas de Bolueta y entraron en nuestras calles. Lo que viene después es una de las páginas más tristes de nuestra Villa, las tropas francesas asesinaron a los hombres, vejaron a las mujeres, saquearon las iglesias y las casas, dieron fuego acá y allá, durante 24 horas arrasaron Bilbao y las cercanas anteiglesias de Abando, Begoña y Deusto.

–Era 1813. ¿Conocíais esto?

Nadie responde, miran sin ver, como si fuese invisible.

Me inclino, saludo, compro dos libros, cinco euros, una ganga.

* * *

Josune está sorprendida de ese cambio de actitud, de ese comportamiento variable. También está feliz por la cantidad de personas que se han enterado del suceso y llenan Libu escuchando con atención, aplaudiendo al final, comprando.

–Pedro, me sorprende tu cambio de personalidad, lo que cuentas, cómo lo cuentas. ¿Qué te ha ocurrido?– pregunta.

–Lo lamento, no puedo decírtelo, juré no hacerlo. Disculpa, tengo que contar lo de hoy.
-¿A quién se lo juraste?

–No.

–Vale, respeto tu silencio, disculpa. Y cuenta.

Frank guarda un amor platónico en el estuche del pecho, desde los cerros de su alma bajan vicuñas con floridos sentimientos en las alforjas. También hay un deseo táctil sobre su cama, no tiene nada que ver con la que comparte sábanas. Para qué va a dar vueltas, ahora es ahora y esto es lo que hay. No sabe si va o si viene, los cuarenta años le han dejado en el umbral de una puerta que no sabe dónde conduce. Desde un extremo del pasillo mira a las esperanzas que saltan sobre la alfombra que fue tálamo, que fue refugio, que fue una fortaleza ante la que se estrelló el sentido común, las renuncias, los recuerdos momificados, lo efímero. En la cocina se marchitan las cebollas de las falsas esperanzas, nada perdura, nada, el espejo le devuelve una acidez creciente y una ilusión menguante.

Saluda y se va con tres libros.

* * *

Lunes.

Desde el centro de Libu, cuento.

Se equivocó la paloma, se posó sobre la chimenea que daba al patio donde pastaban los unicornios, esquivó a mariposas y abejorros, al deshollinador de rescoldos invernales, a la joven francesa enemiga de la erre, al cazador de lo negro. P. riega con vinagre los tomates sobre la marquesina que ya no protege del frío, pule los versos que zumban en su lengua, los escupe sin educación, sin puntería, sobre la nieve que pisan los ejércitos en retirada. Un pescador de congrios jubilado mira la escena escéptico, a su alrededor imaginarios cisnes blancos se funden con el río. Hay una escena de gran violencia emocional que se reproduce una y otra vez en la ventana de un incansable YouTube, una mujer con los pulmones enlutados la mira detrás de un abanico, de las pestañas, del rencor, pesa el sí y el no de sus lágrimas en una balanza absurda.

–Algo te ocurre, cuéntame ¿qué te pasa?– se preocupa Josune.

–Ya te he dicho que juré que nunca contaría esta emoción, este sentimiento, esta obligación– le respondo.
Cómo contestarle si no sé qué demonios me ocurre. Selecciono cinco gruesos libros, para cenar, uno, me voy.

* * *

Fue un sábado.

Pedro está desmejorado, su cara presenta ojeras detrás de sus gruesas gafas, camina torpe, ha engordado, viene despeinado, desarreglado, con voz débil dice:

Ayer mi digestión fue pesada. El libro parecía simple, sin adornos, me lo comí pero me costó, sobre todo el epílogo, esa parte que contaba cuando ella había pisado mi pecho desnudo. Quizás lo he contado antes. Llegaba a sus brazos desde el viento, nos encontrábamos en una habitación en penumbra, me esperaba trémula, vestida solo con unos zapatos negros, su pelo mojado, nos abrazábamos de inmediato. Me desvestía mirándola, nos acariciábamos ya con los ojos. Saltaba a mi pecho como una pantera pálida y mis piernas resistían esa primera embestida, el ataque que precedía a las manos explorando la piel, los pliegues de los muslos, la cara interna de los brazos, el lóbulo de las orejas, el cuello en el que me demoraba hasta conseguir los primeros suspiros, el ven que yo retardaba, cruel, sus nalgas duras, sus pechos breves, la húmeda circulación en la que nadábamos sabiendo que íbamos a ahogarnos en el deseo, marea creciendo, subiendo por los muebles, la biblioteca, libros húmedos, mesas húmedas, sofá húmedo, palabras que resbalaban entre nuestros sexos tan sensibles hasta que todo eran gemidos y gritos y fricción y pasión, los dos dentro de un horno, abrasándonos, chamuscados, descontrolados, nos besábamos, nos insultábamos, luchaban los labios, los dedos, sudorosos, otros, perdidos, volcándonos, lejos, más lejos, inhumanos, animales que se apareaban y subían, arriba, más arriba, irresistible, cuando estábamos a punto de morir llegaba la explosión del placer y en cada músculo, hueso, piel, venas, sangre, cabello, dientes se producía un terremoto y nos rompíamos en diminutos trozos de amantes amándose, de enamorados enamorándose, perdidos el uno en el otro, exhaustos, definitivamente prisioneros de los cuerpos, enajenados, ambiciosos, egoístas, maldiciendo aquel primer momento que nos vimos y nos encadenamos, qué otra cosa podíamos hacer, qué sino perdernos en nuestros desiertos, en nuestros laberintos, rompernos el alma, el consuelo, la calma, la soledad anterior, la cordura, enajenarnos, enfrentarnos como fieras que defienden su espacio, los límites, que quieren traspasarlos, llegar más lejos, donde nunca, exploradores de tierras negras, subterráneos con grilletes y risas en lo oscuro, con miedo y tangos que advertían, rechiflao en mi tristeza hoy te evoco y veo que has sido, que extendíamos la alfombra de los reproches, esgrimiendo los agravios, la cobardía de abandonar la tibieza que se posaba en lo obvio, en el ya veremos, en el luego, no quemar las naves, imperfección del claroscuro, rehenes detrás de la puerta, un guante negro sobre su espalda blanca, lenguas de cisnes chupando su vientre, moscas venecianas, errores repetidos, lo táctil frente a la idea, el principio, los remolinos en el pantano de hablar sin decir, tumulto en el mercado, a la salida me comí otro libro, su zapato, el otro, a ella, me comí a mí mismo y la vida fue ya, es, una digestión absurda, sin paisaje, sin globos aerostáticos fotografiando los instantes claves, magos con sus juegos de manos, diarios detallados de lo que paso, día 17, día 18, el 31, calígrafos chinos viviendo en el cuerpo de un buey, de un burro, de un cerdo, de un mono, hasta aquí he llegado y, querida mía, mi corazón lo partiste a machetazos, guerrera, tutsi implacable, indígena de un país de psiquiatras y jugadores de fútbol, de payadores y comedores de peces, alterada que me alteraste, ausente de la realidad de mi realidad, avisada de mi ardor usas botas de clavos, es inútil, volveré a comerte igual, a bocados, Peter Sloterdijk se pregunta dónde estamos cuando escuchamos música, yo me pregunto dónde estábamos cuando nos apartamos, sin preguntas, sin entrañas, sin reconciliación posible, extraños en nuestros fugaces yo, exiliados de la patria que inventamos, ciegos, malditos para otros amores, cercenada la esperanza, colgada de un clavo en la blanca pared que espera sombras de nubes velazqueñas, aturdidas damas con ropajes enlutados, organistas onanistas, impíos revolucionarios que quieran quemar nuestras ermitas, las catedrales, el tiempo, joder, que pasa el tiempo y están las vides rezumando, los temporeros sentados bajo la tejavana esperanzada del país prometido, la belleza insoportable de ser, soy, no somos pero soy, mi mano escande, mide este verso desproporcionado, absurdo, inútil, cuenta sílabas, los signos articulados, el meollo del poema, el amor a ras de suelo, escarbando con las uñas, con las yemas de los dedos, sangrando, recordando el rotundo adiós, los argumentos, el sentido de seguir manteniendo este discurso sin brújula, si Cortázar levantara la cabeza, Rayuela insomne sobre mi mesilla de noche, al lado del vaso de agua, del microscopio, de la vuelta a las fuentes, enciendo candiles alrededor de la bañera, ella es Marat y esta Carlota Corday que soy, que puedo ser, clavará un simbólico cuchillo en su impiedad, en su silencio, alemanes invadiendo Polonia, páramo, que la vida se agostó, yermo campo sin liebres embadurnadas, sin águilas conejeras, sin documentales de la 2 que diversifiquen la cultura de animales en la sabana, jirafas entrometidas, leones de la Metro después del Nodo, películas de exploradores, de piratas, de romanos, de ciudadanos perdidos en la gran ciudad, en sí mismos, en las idas y venidas de la fortuna, tan caprichosa, tan desigual, tanto alboroto por un libro, por un zapato, me lo comí, su pareja, a ella, Gargantúa despiadado, despistado, comiéndola me comía, antropófago desorientado mordiendo el aire, airado, estafado, tocando el tambor con la frente, buscando cuevas donde ocultar la miseria, la vergüenza, la ternura que ondula en los codos con heridas, su peso que no pesaba, su sexo que me encandilaba, su frente con una luz guiándome por la espesura de una selva sin gorilas, sin salacot, sin hombres mono saltando de liana en liana, aquí, así, se me cae la baba, lelo, así estoy, ya no sé quién soy, sé que tú eres Josune y me escuchas.

Los espectadores han escuchado sorprendidos este largo relato, esta vez no se atreven a aplaudir, se van, la tienda queda vacía.
Pedro, transfigurado, se arrodilla, mira a un punto fijo, baja la cabeza.

Busca a Josune que está distraída, pensando en su hija con fiebre, en el chico del jersey de rayas que en los últimos días está raro, en cuadrar las ventas de la semana.
–Tengo que decírtelo– dice Pedro.

–Ah, ¿qué?, no sé a qué te refieres– vuelve a la realidad Josune.

–Sobre esto mío.

–No te preocupes, mira, cada día vienen más personas a escucharte.

–Ya, pero no puedo más. Juré no contárselo a nadie.

Suena el móvil de Josune. Es el chico del jersey de rayas, que a la niña le ha subido la fiebre, que vaya a la guardería rápido.
–Me como los libros, los que me llevo de aquí, cada noche, me los como–confiesa Pedro, avergonzado.
–Era eso. Bueno, ya hablaremos, el lunes me lo cuentas– Josune sólo puede pensar en su hija, quiere irse-. Por cierto, hazme un favor, cierra la puerta, me voy, mi niña. No te preocupes, tengo otro juego de llaves.
Pedro se queda solo. Con la cabeza entre las manos, repite: le juré que jamás se lo contaría a nadie, a nadie. Llora.

* * *

Hay un hombre desnudo en posición savasana dentro de Libu. A su alrededor, un absoluto desorden, todos los libros están esparcidos por el suelo, mordisqueados, rotos, un desastre.
Es lunes, las once menos dos minutos, Josune abre la puerta de la librería, ve el cuerpo inmóvil, el desbarajuste, grita, las llaves se le caen de la mano, el bolso, se agacha busca el móvil, llama a la policía, vengan hay un hombre en el suelo, vengan, es Pedro, es Pedro.

Sirenas, una ambulancia, llegan enfermeros de Osakidetza y dos ertzainas que se abren paso entre los curiosos de la calle, comprueban que el hombre tumbado está muerto, cubren su cuerpo con una sábana, llaman al juez.

¿Cómo le encontró? ¿Había alguien más? ¿Conocía al muerto? ¿Usted es la dueña de esto? ¿Me enseña los permisos? ¿Le quitó usted la ropa? ¿Qué se vende aquí?
¿Dónde estuvo usted anoche? Los agentes preguntan a Josune, que no entiende nada, que tiembla de la impresión, en su mano un papel, “juré no contárselo a nadie”. Después, todos se van, la tienda se queda a oscuras, en silencio y con una llamativa cinta de plástico roja y blanca en el exterior.