Finalista del Certamen literario: “Dentro de la Libu”, de Santi Martínez.

Este es uno de los textos finalistas del I Certamen literario de la Librería Libu.
Puedes leerlo en versión maquetada, en Isuu

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Pedro se levanta más aturdido de lo normal. Parpadea con fuerza para acomodar su
visión a la penumbra del local, como si en el abrir y cerrar de ojos encontrara el tiempo que se le va de las manos.

Hace doce libros ya que Pedro se despierta en la Libu, después del final de cada ejemplar que adquiere allí. Siempre en el mismo sofá, pero cada vez con olores, sabores, sensaciones y vidas distintas. Las sensaciones difieren en función del personaje que le toca vivir. Cada libro, una vida, siempre jalonada con un sueño profundo, abruptamente interrumpido en un sofá de escay marrón.

Una noche despierta entre una curiosa mezcla de olores, a bebé y a viejo, entre recuerdos, que parecen nostalgias, por un abuelo ausente al que nunca conoció. La Sonrisa Etrusca le había regalado la corta vida de Bruno, el nieto del protagonista, que celebraba la vida sobre el cuerpo inerte de un viejo partisano, su abuelo, ya vencido por el cáncer.

Ya sentado en el sofá, Pedro inicia su particular ritual nocturno. Se incorpora y pasea atravesando la mitad del local, desde el sofá hasta la puerta de entrada, dejándose alumbrar por la luz de las farolas de la calle Carnicería Vieja. Repite una y otra vez el mismo recorrido, rodeando la columna central, que parece marcar el centro de la librería, y pocas veces se aventura más allá del stand donde los libros de Lectura Fácil trazan la frontera imaginaria entre la penumbra controlada y la oscuridad infranqueable que abraza el resto de la estancia.

Todas las noches Pedro demora su salida casi hasta el alba. Como en las otras once ocasiones, deposita el libro en la estantería donde lo había encontrado y un haz de luz que crece poco a poco e ilumina toda la estancia se abre ante sí, invitándole a pasar. Pedro atraviesa el umbral luminoso cegado por los fogonazos de luz intermitente que castigan su vista ya cansada.

Pedro repite la experiencia con los libros de su pasado, como si quisiera cerciorarse “en carne y hueso” de si todo aquello que había sentido al leer las páginas de los libros que le cautivaron en su pasado pudieran traspasar la frontera de lo imaginario a lo real. Ha compartido exilio con Santi, uno de los niños de la guerra civil española, protagonista de El Otro Arbol de Gernika. Ha jugado, reído y llorado con otros niños y niñas, ha sufrido la adaptación a su lugar de acogida en Bélgica y ha muerto de ganas por regresar con los suyos a su tierra. Ha sido como meterse en la piel de un niño refugiado. Esa noche, Pedro despierta con un nudo en la garganta, con la congoja de los niños que huyen y con la sensación de que nunca aprenderemos de nuestra historia.

Otra noche se ha encarnado en Yamam, un guía de un grupo de turistas entre las que esta Desideria. Con ella vive una ardiente historia de pasión e infidelidad. Pedro siente que La Pasión Turca de Gala le ha regalado un mundo de sentidos, de excitación y erotismo que jamás ha sentido antes, y se desvela pensando en las oportunidades perdidas en su vida real, que sin embargo aprovecha en este mundo mágico, embrujado por la sed de amor de los personajes que le tocan en suerte.

Pedro regresa a su infancia con la lectura de las aventuras de Los Cinco. Eran sus preferidas cuando el acné, que tanto le avergonzaba, le empujaba a pasar horas y horas entre libros. Aunque le hubiera gustado que el destino mágico le ofreciera el personaje de Julián, el líder del grupo, le toca ponerse en la piel de Jorgina, a la que no le gusta ser una chica, se hace llamar Jorge y viste como un chico. Pedro agradece la suerte de vivir el misterio y las aventuras

con los ojos de Jorge, que son los mismos que los de Enid Blyton, quien se inspiró en ella misma para crear ese personaje.

Han pasado ya 18 libros. Pedro tarda demasiado en acomodar la vista a la penumbra del local cuando despierta. Hace tiempo que sabe que el fogonazo de luz que le saca de la Libu es el causante de que la penumbra se haya instalado de forma definitiva en sus ojos cansados. Cada día ve un poco menos pero sigue manteniendo la rutina del paseo, en el que atraviesa el local rodeando la columna central, a tientas, guiado por la memoria de los pasos y usando las estanterías a modo de muletas, como si únicamente fueran los libros los que le ayudan a mantenerse en pie.

Pedro está triste porque se siente víctima de un chantaje del que no tiene escapatoria. El mismo destino que le ha regalado un mundo nuevo, le pide que elija entre conservar la poca vista que aún no está apagada o la renuncia a su experiencia de lectura mágica.

-Buenos días, ¿qué te llevas hoy?

-Este. Me han dicho que está muy bien

-A ver… Pedro y el Capitán… Como tú, ¿no? Es un poco duro, pero a mí me encantó.

-Gracias. Ya te contaré.

Esa fue la última conversación que la dueña de la Libu recordaba con Pedro y que trataba de explicar al agente de policía, que le hacía preguntas sobre él desde el mismo lugar, detrás del mostrador, desde el que Pedro le pedía referencias de los libros que elegía.

Mientras respondía al agente de policía, dos personas más sacaban fotos a la misma imagen que se había encontrado la librera aquella misma mañana al abril el local: un joven magullado y ensangrentado, que yacía muerto en el sofá de escay marrón y cuyo rostro, a pesar de los golpes, parecía agradecer el descanso.

Pedro se había jugado su última carta con Benedetti. Sabía que el destino mágico que le asignaba personajes no le fallaría y elegiría para él, para vivirlo y morirlo, el personaje preso y torturado de la obra de teatro del autor uruguayo. Había leído la pieza hace algunos años. Pedro sabía cómo iba a morir. Lo hizo conservando su nombre y se dirigió al capitán torturador con la entereza de los que se saben muertos antes del final.

Pedro, casi ciego, eligió morir leyendo…