Atún rojo. Por Ainhoa Zuluaga

SEGUNDO CLASIFICADO DEL II CERTAMEN LITERARIO DE LIBRERÍA LIBU


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LLevábamos 100 millas siguiendo al atún rojo que había detectado el radar de la embarcación y estábamos a 10 de capturarlo. El patrón, Pepe, observaba desde el puente de mando a esa tripulación vestida impecable que bebían champán y reían sin parar ante la idea de capturar un gran ejemplar de atún rojo, el manjar más codiciado y más caro del mundo, donde su venta en las lonjas de Tokio podía alcanzar hasta el millón de euros.

Pepe y yo, su oficial, habíamos preparado el viaje con esmero. Después de unos años desterrados en tierra firme, a través de un amigo, conseguimos este trabajo para pilotar barcos de lujo. Estaba contento de volver a ver sus ojos azules –yo creo que de tanto mirar al mar– oteando entrecerrados el horizonte.

Siempre me ha gustado leer y jugar con las palabras pero, nunca me he atrevido a escribir ya que me hubieran tachado de flojo en este mundo de hombres rudos. Ya tenía suficiente con mi apodo, “intelectual” me llamaban. Pero esta experiencia ha sido increíble y no quiero que se quede en el olvido. Voy a intentar contarlo de la mejor manera que sé, aunque lo principal es que sea lo más fiel posible a la verdad.

Mi patrón, que llegó a tener su propio barco pero que, tras muchas penurias económicas tuvo que vender, tiene 60 años y volvía a estar en el mar. Estaba acostumbrado al trabajo duro, por eso en cuanto podía se quitaba la chaqueta azul marino de botones dorados o la gorra de plato que le incordiaban.

Tras varios días infructuosos reinaba un ambiente festivo en el barco pero Pepe, concentrado en la persecución, era ajeno al disfrute que generaba en la tripulación la inminente captura.

La mañana estaba despejada y el mar en calma. Pudo verlo en el horizonte antes de que el radar detectara su imagen. Las gaviotas marcaban el lugar. Nos dirigíamos directamente hacia lo que parecía una baliza flotante. Al acercarnos, pudimos ver una balsa de inmigrantes que vagaba a la intemperie en mitad del mediterráneo. Era un “dingui”, una embarcación de goma abarrotada de rostros oscuros, atemorizados. Cuando llegamos a su altura, la frágil embarcación se puso en marcha de nuevo.

Desconfiaban de nosotros. Demasiados peligros les acechaban. Los traficantes les vendían pasajes sin la suficiente gasolina para llegar a la otra orilla. La guardia costera o los barcos militares tenían órdenes de devolverles a su origen. Los “cazamotores” esperaban pacientemente, como buitres, a que las embarcaciones se quedaran vacías para poder hacerse con el preciado botín: la goma y los motores valían mucho dinero.

Dependían sólo de barcos amables para poder lograr el sueño de un futuro sin guerras, sin hambre, sin violencia y no acabar ahogados en el fondo del océano.
Tras un momento de incertidumbre:
– Bueno José, ¿a qué estamos esperando?– le preguntó al patrón el dueño del barco, heredero de un imperio empresarial, sentado en los mullidos butacones de cubierta.
– ¡El atún rojo no espera! – dijo riendo su joven novia, provocando la carcajada general.
Pepe miró el puntito en el horizonte. El banquero, tendido en el blanco sofá junto a su joven amante, miro hacia la misma dirección:
– Se han marchado voluntariamente… y nosotros no somos una ONG…

El patrón le miró secamente. El político con más representación se aclaró la garganta:
– Hay tiempo para todo. Vamos a pescar y venimos más tarde… o mañana a por ellos. Se habrán tranquilizado y… quizá… ¡los habrá localizado la guardia costera y devuelto a sus casas! – dice mientras apuraba su copa de champán, provocando la risa del resto.
El puntito se había vuelto a parar.
– Bueno José o Pepe… o como te llames – dijo el constructor que se había levantado para llenar las copas a los congregados – No he pagado para ir a salvar a pobres negritos. O pones esto en marcha o no pago… tú verás – continuo sin mirarlo.
–Tranquilos todos… – se levantó el fiscal a darle unas palmaditas en la espalda al constructor– Pero… es verdad que no entramos todos aquí dentro – dijo mirando de soslayo al patrón.

Pepe estaba absorto haciendo sus cálculos mentales. Después de un rato incómodo, puso otra vez el barco en marcha.

Tras el incidente, el radar captaba la imagen del gigantesco atún rojo, que en vez de alejarse se estaba acercando al barco y el buen humor se restableció enseguida.

El animal venía junto con un banco de bonito. Paramos el barco, lo dejamos a la deriva y tiramos sardinas por la borda como carnada. Cada tripulante se dispuso ordenadamente con su caña y carrete. Tras una corta espera, el agua empezó a hervir. Entre gritos y aplausos, uno a uno los bonitos empezaron a picar.

Yo andaba ayudando a desenredar carretes, poniendo carnadas, hasta que oí el grito apagado del dueño del barco, que a pesar de intentarlo con todas sus fuerzas, no era capaz de parar el vertiginoso giro del carrete soltando línea. Pepe se puso a su lado y le apartó la mano del carrete para que lo dejara correr. El dueño, en un acto reflejo, le pasó la caña. El atún rojo había picado.

Pepe agarraba el carrete con la fuerza de antaño, cuando era joven y el dueño de su propia vida. Le dio unos cien metros en su intento de alejarse del barco y cuando notó que la velocidad disminuía, empezó a frenarlo paulatinamente. Con ese movimiento, volvió toda la fuerza del pez que intentaba alejarse a toda velocidad. Volvió a soltarle línea.

Estaba tan absorto, que no era consciente de la algarabía que se había montado a su alrededor. Era una animal muy grande, llevaba más de 150 metros de línea y no había descendido la velocidad. Era la batalla entre atún y hombre: el primero intentando alejarse y el segundo atraerlo hacia sí.

Hora tras hora, la ilusión inicial de la tripulación dio paso a la ansiedad y luego a la firme convicción que al final el pez conseguiría soltarse. Ajeno al desánimo veía a Pepe feliz. Se había olvidado de los malos años y sentía en la fuerza del pez su propia fuerza.
Habían pasado más de 3 horas y unos ciento ochenta metros de línea cuando el pez empezó a ceder. Poco a poco la manivela del carrete empezaba a recoger la pita y el atún se acercaba terco.

La tripulación había dejado de lado la pesca y fui a llevarle el arpón. El dueño me lo quitó de las manos y gritó azorado:
– Yo, yo, yo… ¡sacadme una foto!

Poco más tarde, el atún rojo, de unos 200 kilos, yacía vencido en el costado del barco y con la ayuda del arpón lo subimos a bordo.

Todos querían su foto con el atún que daba coletazos sin parar.
– José, haznos una foto de familia.

Los doce hombres y mujeres que posaban con el atún a sus pies, me parecían todos similares, bronceados, con gafas de sol, sonrisa perfecta, trajes de baño último modelo los jóvenes y el modelo de navegante con todos sus accesorios los más mayores.

Los hombres iban pasándose el arpón para la foto y el abogado se lo clavó entre las agallas.
– ¡No hagas eso!– Le dijo Pepe. Hay que devolverlo al mar.
El abogado le miró desdeñoso, hundió todavía más el arpón entre las agallas que se abrían y cerraban desesperados por respirar y dijo:
–¡Nosotros somos la ley! Todos rieron como si fueran uno solo.

En la pesca deportiva del atún rojo hay que devolverlo vivo al mar, esa es la ley, al menos para los pobres. El atún dejó de dar coletazos.
–José, vamos para el puerto que esta noche hacemos la fiesta del atún rojo – dijo el dueño. Prepáralo de todas las maneras posibles…
–Y no se te olvide el caviar, la langosta, las cigalas… –continúo el banquero.
–Y todo el champán que puedas enfriar… Esta noche me voy a bailar– canturreó una de las guapas muchachas.

Teníamos todo preparado para la gran fiesta. Pepe puso en marcha el motor. Estábamos entrando en el puerto cuando de repente el barco se paró. Ninguno entendíamos porqué.
–¿Y ahora qué pasa? – preguntó el dueño.
–Ahora toca “el bautismo” – dijo José. Todo aquel que pesca la primera vez un atún rojo, tiene que tirarse al mar desde la borda– dijo José solemne. Es la tradición para agradecer que hemos vuelto sanos y salvos.
–Nunca he oído nada similar – dijo el dueño incrédulo.
–¿Verdad que es una tradición de todo buen pescador? – dijo Pepe, mirándome.
–Sí… sí claro– dije balbuceando, sin saber que esperaba de mí.
–Bueno, si tú lo dices… – dijo el dueño– ¡Todos al agua!
–¡Será divertido! – dijo su novia y sin pensarlo dos veces, se quitó el pareo y con un grito se tiró por la borda.

Luego el novio y poco a poco todos los demás, hasta que quedamos en el barco Pepe, el jefe de máquinas y yo.

Cuando iba a desplegar la escalerilla para que volvieran al barco, Pepe me indicó que no lo hiciera y, sin decirme nada, puso de nuevo las máquinas en marcha.

– ¡José! ¿qué haces? – gritó el dueño, mientras trataba de mantenerse a flote.
– Voy a hacer lo correcto – le contestó Pepe parco.
– ¿Lo correcto?… ¿Qué es lo correcto?… ¿Dejarnos tirados? – gritaba incrédulo.
– ¡No os dejo tirados! ¡Ahí mismo tenéis el puerto!¡Ah, y lo correcto es rescatar a la gente que está a punto de morir! – le contestó a gritos. Aunque tengas que comer bonito en lata… – se dijo para sí mismo.

Entonces, los bañistas como si despertaran de un sueño, empezaron a insultarle:
– ¡Cabrón! Te voy a denunciar por robo, abandono… –balbuceó el dueño.
– ¡Os tengo pillados por las pelotas! – río José. Tengo las fotos que demuestran la captura ilegal de un atún rojo en peligro de extinción…
– ¡Malnacido!… ¡Muerto de hambre!… ¡Nunca volverás a trabajar!… ¡No sabes quiénes somos! ¡A quiénes te enfrentas! ¡Acabaremos contigo!… – Escuchaba los insultos con una sonrisa irónica, que se iban apagando mientras nos alejábamos del lugar.

Estaba seguro que no volveríamos a trabajar más en aquello pero, confiaba en él más que nunca.

El sol caía en el horizonte y los últimos rayos teñían el mundo dorado. Según mis cálculos el “dingui” debía estar cerca. Mandó al jefe de máquinas en la lancha salvavidas para hacer el rescate.

Los primeros en llegar fueron los niños acompañados de madres y padres. Lanzó la escalerilla y fue ofreciéndoles la mano uno por uno. Los rostros serios, se convertían en sonrisas, en abrazos, en agradecimientos. Con cada blanca sonrisa José se iba desmontando; le iban quitando la coraza, como una cebolla, capa a capa y se iba quedando desnudo ante la vida.

Los últimos años en el paro le habían dejado derrotado. Era incapaz de acostumbrarse a la vida del pueblo. Se sentía un extraño en su propia casa. No sabía relacionarse con su mujer, acostumbrados como estaban a estar separados. Salía por la mañana conmigo a dar un paseo por el puerto y a conversar y a perder el tiempo hasta la hora de comer. Y a la tarde lo mismo hasta la cena. Su hija, ya mayor, mantenía mucha complicidad con su madre pero, con él había creado un muro invisible que no era capaz de traspasar.

Quizá por eso, abrazaba a cada niño con todo el cariño que era capaz, jugueteaba con sus pelos, les hacía reír. Yo creo que cada uno de ellos era su hija, cuando era pequeña y volvía tras meses de faenar, le esperaba en el puerto y corría detrás del barco buscándole, para colgarse de él durante horas. Hasta que su mujer le decía que Papa no era sólo para ella. Y sus ojos se encontraban tímidos, avergonzados, con un brillo especial.

En ese momento tenía ese mismo brillo, como si les dijera a aquellas madres que a partir de ahora todo iría mejor. Los jóvenes le sonreían y le daban palmadita en la espalda.
Una de las niñas se le acercó y le quiso regalar su jirafa de peluche.

– No, no…pequeña. Muchas gracias. – le dijo. ¿Tienes hambre?
– Sí… Llevamos todo el día sin comer – le contestó tímida.
– Te gusta el atún, el caviar, la langosta…
– Pues.. no sé… nunca los he probado… pero… –titubeaba la niña– si puedo elegir prefiero huevos fritos con patatas…

Los de alrededor se rieron a gusto y la madre le contestó:
– Tranquila hija, cuando lleguemos a Europa te voy a hacer un gran plato de huevos con patatas.

A medida que los inmigrantes iban llegando empecé a repartir el atún rojo que había cocinado de distintas maneras: asado, frito, crudo, en marmita… Y siguieron tomando langosta, caviar y champan frío para todos.

El cielo estaba tan despejado que la luna y las estrellas eran pequeñas antorchas en el mar. Hombres y mujeres empezaron a entonar canticos y rezos, a ritmo de palmas y percusiones que rompieron con su magia el silencio de la noche. La manera perfecta de empezar una página en blanco que éramos cada uno de nosotros.

José puso el barco en marcha.
– Vámonos a casa amigo– me dijo. Ha sido un día muy duro.
– Voy a invitar a mi mujer y mi niña a los mejores manjares de sus vidas. Me guiñó el ojo, sonriendo, con complicidad.