Un tranvía llamado deseo. Por Osvaldo del Valle

TERCER CLASIFICADO DEL II CERTAMEN LITERARIO DE LIBRERÍA LIBU


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– Las historias buenas, las buenas buenas de verdad, siempre acaban con un largo silencio y una frase que nadie olvida, como la de la peli en blanco y negro que vimos en el Centro el otro día, la que acababa con: “siempre nos quedará París” – trata de instruirles un inflado Khalil.
– No dice eso. Eso es justo antes. Al final dice: “este puede ser el principio de una gran amistad” –le corrige riéndose Nizar al recién desinflado Khalil.

Sara se ríe escandalosamente mientras, por la esquina, todo lo sigiloso que puede, se acerca Frankenstein afanándose en parecer tranquilo, aunque no puede evitar que Maléfica acabe por percibir su inquietud. Discretamente se va casi hasta el límite de la marquesina, tratando de ganar distancia de seguridad, pero su casi permanente mirada soslayada al trío que parece haber tomado posesión del único asiento de la parada, acaba por delatarle. A la enamorada Maléfica no parece importunarle; es más, mira con cierta condescendencia su torpe sentido de la protección, su virilidad tan mal entendida.

No tarda en llegar corriendo un grupo de alocadas catrinas adolescentes que indisimuladamente sortean el obstáculo central, alejándose del trío sospechoso con aceleración progresiva, y aposentándose directamente fuera de la marquesina, dejando que la incesante tormenta empape hasta los huesos su inconsciencia pre-juvenil. El neonato noviembre ha roto aguas vertiendo con furia toda la ansiedad de otoño que la prórroga veraniega de octubre le ha producido.

Alicia maldice su suerte mientras empuja la sillita de su bebé zombi con la mano que la protestona bruja diminuta le deja libre. Unos metros detrás, los restos del naufragio del tambaleante sombrerero se estampan contra la marquesina con más estruendo que discreción. Con sorprendente habilidad consigue que su penúltimo botellín, su preciado botín, permanezca en su mano a pesar del trompazo.

El luminoso de la marquesina empieza a parpadear y la pintoresca congregación emite los más diversos sonidos de frustración al leer el parpadeante mensaje: “Por problemas en la catenaria el tranvía suspende todos sus servicios”.

Frankenstein se dispone a abrir el paraguas y la cartera para llevar a buen recaudo a Maléfica; por más que se considere a sí mismo una versión moderna, un clásico es un clásico. Las catrinas esparcen su hormonada histeria al grito unánime y alterno de “¡Mi madre me mata!”, mientras van organizando qué madre va a rescatarlas esta vez. Alicia echa en falta una tercera mano que le permitiese estampársela en la cara al sombrerero. Se dispone a caminar hacia su barrio tan alejado de allí como del país de las maravillas que el sombrerero le había prometido cuando llegó. El sombrerero, aturdido, se arrastra tras ella resignado a que esa noche no tendrá trato con una Alicia ya más que harta de sus trucos.

La marquesina se vacía y sólo quedan las carcajadas del trío que ocupaba la marquesina antes de llegar la efímera procesión de despropósitos humanos. No hacen ademán de moverse. Ni saben dónde ir ni quieren irse. A ninguno de los tres les ha hecho falta disfraz para asustar a ese puñado de ridículos amantes de la adrenalina de sofá y pantalla, tan alejados de la vida real como sus personajes. Sara sólo les acompaña, pero a los otros dos, cómo jóvenes magrebís, el rumor, casi clamor social les había otorgado el sagrado poder de convertir en miedo todo lo que tocasen.

Desde que sus tíos le abandonaron, Nizar se convirtió en un problema del que todo el mundo quería alejarse, en un bulto sospechoso del que nadie quería hacerse cargo, excepto algún asistente social a cambio de un magro salario. Esos mercenarios del afecto fueron su única familia, al menos hasta que Khalil llegó al centro, herido en cuerpo y orgullo por las palizas de su padre y el silencio de su madre, y se convirtió en su sombra, en su luz, en su hermano, en el único lugar donde confiar, en la promesa de no estar sólo nunca más.
Fueron creciendo juntos con el extraño poder al que poco a poco se fueron acostumbrando y casi resignando. Acercarse a un chica era acercarse a una madre temerosa de que su hija fuese maltratada y/o violada, o lo que es peor aún, convertida al islam con hiyab y proyecto de inmolación incluidos. Un seguro de acabar mal. De repente apareció Sara en sus vidas para joderles sus escasas certezas.

En uno de esos talleres de inserción a los que les llevaban los asistentes, para hacerles creer que son como los demás, conocieron a Sara. Era un taller de grafiti. A Nizar siempre le gustó dibujar porque no hace falta usar palabras y Nizar, como Khalil, creía que las palabras, como los cuchillos, siempre acababan por causar heridas. De un solo trazo Nizar y Khalil garabatearon la silueta de Sara con el gorro de sus sudaderas, que ocultaba casi de forma permanente su rostro. Ella, por su parte, les caricaturizó con caras de camellos de vivos colores. Por primera vez alguien les tomaba tan en serio como para reírse de ellos. Nizar, Khalil y Sara nacieron como un grupo unido por la risa.

Sara resultó ser una de esas personas que, hartas de silencios, acaban por no escuchar las palabras ajenas y por replicarles que sí, que ella era de las que prefieren estar mal acompañadas que solas. Sara vestía ropa de chico hasta en su interior, aunque no era lesbiana, ni dejaba de serlo, no era algo que tuviese claro aún; era abiertamente bisexual en sus rechazos, ellos y ellas le habían ignorado por igual hasta la fecha. Su madre hace tiempo que había tirado la toalla y se volcaba en su hermano pequeño, esperando que la madurez le llegase sola en cuanto escampase la tormenta hormonal.

Por su parte, su padre, desde que inició su vida sin lunes, había volcado todo su desengaño con el sistema en erigirse en defensor de causas perdidas, por lo que tenía que aprender a tragarse su desconfianza y convertirla en orgullo de los nuevos amigos de su eternamente pequeña Sara.

Tal vez era la suya una risa vacía, pero era una risa compartida, una risa a coro, y eso era un tesoro para Nizar. La risa le recordaba los lejanos tiempos de su infancia, antes de viajar con sus tíos, cuando vivía con sus padres, en su casa, cuando nadie le reprochaba que había venido de fuera a ocupar su puesto en el juego, ni a llevarse sus juguetes, ni le echaban en cara que no jugase como ellos, donde solamente era uno más y nadie le tenía miedo. Luego llegó a otro país y poco a poco dejó de ser niño, dejó de tener sueños porque nadie le arropó por las noches y, según decía su abuela, cuando a un niño no le arropan por las noches, puede dormir, pero no soñar, y un niño sin sueños deja de ser niño.

Los asistentes le insistían mucho últimamente en la importancia de estar fuera o estar dentro, de la exclusión y de la inclusión. Él venía de fuera y le habían dejado fuera, claro que sabía lo jodidamente importante que era. Estar en aquella marquesina esperando a un tren que nunca iba a pasar era la viva imagen de la exclusión, y conseguir reírse era la única forma de felicidad que alguien de su clase podía permitirse .Por primera vez en mucho tiempo se sentía bien, aislado pero no sólo.

Las luces azules de las sirenas, desdibujadas por la lluvia, se fueron acercando hasta detenerse junto a ellos. Del coche policial se bajaron los agentes, como casi todos los agentes, más preocupados por alejar o alojar los problemas que de solucionarlos.

– El tranvía no funciona, así que mejor vais a casa ¿Vivís cerca?
– Yo sí –mintió Sara.
– Y vosotros ¿dónde vais?
– A ninguna parte –desafió Nizar.
– Aquí no os vais a quedar, a algún sitio tendréis que ir.
– Siempre nos quedará París –replicó Khalil después de una micro pausa y mirando a sus dos compañeros.

El trío vuelve a reírse. Nizar sabe que acabarán por meterles en el coche a regañadientes y llevarles al Centro, devolviéndoles una vez más a la casilla de salida; que Gorka e Itxaso, los monitores de guardia, disfrazados de Morticia y Herman les verán bajarse del coche patrulla con cara de pánico, que al saber que no hay delito y que aún podrán mantener la subvención un mes más; recuperarán lentamente el color de sus rostros y, mientras esto sucede, Sara habrá sacado sus sprays y dibujado una silueta sin rostro y dos camellos en la marquesin, antes de irse a casa, marcando aquél como uno de sus lugares de peregrinación.

– ¡Vamos, gilipollas, dejad de haceros los graciosillos y montad de una puta vez si no queréis tener un problema, que me estoy calando!

Nizar lanza una mirada cómplice a Khalil y a Sara, mantiene un silencio largo, desafiante, tenso, casi sólido y, antes de entrar al coche, recita solemne:
– Este puede ser el principio de una gran amistad.

Los tres se vuelven a reír, su risa sigue siendo inoportuna, desubicada, pero no es una risa vacía. Es la risa orgullosa de los protagonistas de una historia que aunque no sea feliz, es la suya, y es una buena historia. Buena de verdad.